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Fauna Primavera 2025 día dos: La desconexión total que necesitábamos

Fauna Primavera 2025 día dos

El Parque Ciudad Empresarial vibró con una ecléctica segunda jornada, transitando desde la delicadeza indie de Bratty hasta la densidad política de Massive Attack, pasando por el caos del punk japonés y la elegancia del pop.

La segunda jornada de Fauna Primavera 2025 se presentaba como una maratón de emociones sonoras, y el Parque Ciudad Empresarial fue el escenario perfecto para un cartel que prometía diversidad y potencia. Bajo un sol que aún se sentía protagonista, miles de asistentes comenzaron a llegar, listos para un viaje que abarcaría desde el indie más tenue hasta el punk más visceral, culminando en la oscuridad hipnótica de dos leyendas británicas.

Bratty: La delicadeza abrazadora del indie

La tarde arrancó con la propuesta de Bratty, ofreciendo un bálsamo perfecto para el inicio de la jornada. Lo suyo es un indie delicado, suave pero con una calidez abrazadora que te atrapa. Su música funcionó como una invitación directa a trasladarnos a un estado más introspectivo, preparando el ambiente con una dulzura que contrastaba con el calor de la tarde.

Este paisaje sonoro se construyó sobre un rock melódico, por momentos romántico y tenso, donde la melancolía se viste de gala. La fusión de suaves sintetizadores, guitarras atmosféricas apenas rasgadas y una batería marcada pero sutil, creó una identidad muy atractiva. Fue un show que creció en intensidad de forma orgánica, cerrando con un final delicado y hermoso que dejó al público en el estado de ánimo ideal para lo que vendría.

Otoboke Beaver: El caos controlado del punk japonés

Si Bratty fue la calma, Otoboke Beaver fue la tormenta eléctrica. Sin previo aviso, el festival giró 180 grados para recibir una descarga pura de distorsión, energía, poder y rapidez. Las japonesas demostraron ser una fuerza de la naturaleza, tremendamente talentosas y con una propuesta única: punk rock directo a la vena, sin concesiones y ejecutado a una velocidad demencial.

Su música, increíblemente rápida y tocada con una precisión que asustaba, desató la locura entre las primeras filas. El mosh no se hizo esperar, alimentado por la energía imparable de la banda. El show tuvo un momento entrañable cuando el público se unió para cantarle «cumpleaños feliz» a la bajista, un breve respiro antes de volver al sinónimo de descontrol y demencia. Súper únicas en su estilo, dejaron claro que el punk tiene un nuevo y emocionante rostro.

Javiera Mena: Pop estelar bajo el sol santiaguino

A las 16:00 horas, con el calor santiaguino en su apogeo, Javiera Mena se tomó el escenario Levi’s. Lo primero que impactó fue el excelente sonido, un trabajo de ecualización exquisito donde cada elemento tenía su lugar preciso. Los sintetizadores, las bases programadas, los teclados e incluso un saxo que añadía una textura soul, brillaban con una claridad impecable.

Se notó a una Javiera enérgica, conectando de inmediato con un público que coreó sus canciones, pero sobre todo, se percibió una madurez artística notable. Disfrutando plenamente del escenario, su presencia se sintió magnética y segura. Acompañada de buenas gráficas y un sentido del espectáculo impecable, el suyo fue un show profesional en todas sus aristas, consolidando una vez más su estatus de ícono pop indiscutible.

The Whitest Boy Alive: La elegancia rítmica de Erlend Øye

Pasadas las 17:00 horas, la elegancia desembarcó con The Whitest Boy Alive. La banda liderada por Erlend Øye desplegó su característico indie rock nostálgico, delicado y profundamente melódico. El virtuosismo de todos los músicos fue evidente desde la primera nota, pero el tecladista merece una mención especial; su maestría brilló en un solo que compartió con Erlend, un diálogo musical que encendió al público en cosa de segundos.

Su sonido, un cruce sofisticado entre el indie y un jazz gentil y delicado, tenía esa cualidad «lofi» que resulta tan reconfortante. Erlend, con una cercanía admirable, bromeó diciendo que era su «último show… antes de cumplir 50», y agradeció la presencia de otros artistas del festival, incluyendo a Javiera Mena. Su música fue contagiosa; un ritmo sutil pero imposible de ignorar que puso a todos a bailar con una sonrisa en el rostro.

Tash Sultana: El trance profundo del one-person-band

La conexión de Tash Sultana con Chile es innegable, y quedó sellada desde el primer segundo cuando apareció en escena vistiendo con orgullo la camiseta de la selección chilena. El gesto conectó de inmediato con los fans, que se entregaron por completo a su clásico y profundo ritmo, potente y contagioso desde el inicio.

Tash es un espectáculo en sí misma, construyendo capas de sonido que hipnotizan, pasando de la guitarra al loop, y de ahí a la percusión con una fluidez asombrosa. El sonido, una vez más, fue impecable, permitiendo percibir cada detalle de los múltiples instrumentos que pasaron por sus manos. El resultado fue un trance colectivo que se adueñó del atardecer, una experiencia sonora envolvente.

Aurora: Un ritual mágico y sobrenatural

Lo de Aurora trascendió lo meramente musical para convertirse en un ritual colectivo. Mágica, etérea y con una presencia escénica casi de otro mundo, la artista noruega estableció una conexión sobrenatural con su público. Cada gesto, cada movimiento y cada nota, parecían parte de una ceremonia mayor, un lenguaje compartido solo por los presentes.

El sonido, excelente y expansivo, hizo vibrar a cada asistente, no solo físicamente con los bajos, sino también emocionalmente. Fue una actuación que apeló a lo primal, una demostración de cómo la música puede ser un vehículo para una experiencia compartida casi espiritual, dejando a muchos visiblemente conmovidos.

Bloc Party: La nostalgia revitalizadora de «Silent Alarm»

Para muchos, este era uno de los platos fuertes de la noche. Bloc Party llegó para celebrar los (casi) veinte años de su icónico Silent Alarm, y lo que entregaron fue un repaso intenso por ese álbum y otras piezas esenciales de su discografía. El impacto fue inmediato; clásicos como “So Here We Are”, “Banquet” y la coreadísima “This Modern Love” fueron recibidos con gritos y saltos, transportando a la multitud a mediados de los 2000.

“Helicopter” y “Like Eating Glass” nos recordaron por qué ese debut marcó a toda una generación. Aunque el cansancio de la larga jornada era evidente en algunos rostros, la banda supo reanimar al público con la energía de cortes más nuevos como “Traps” y la siempre efectiva “Hunting for Witches”. Cerraron con “Ratchet”, bailable y explosiva, dejando a todos con la sensación de haber asistido a un acto tan nostálgico como revitalizador.

Massive Attack: Un cierre sensorial y político

La jornada encontró su cierre definitivo con Massive Attack. Los británicos no ofrecieron un concierto, sino una experiencia sensorial, política y transformadora. Desde que tomaron el escenario, el aire del parque cambió, volviéndose más denso. Apoyados en visuales cinemáticas impactantes y una intensidad sonora que calaba los huesos, el grupo llevó al público a un estado de introspección profunda.

Iniciaron con una versión de “In My Mind” y continuaron con “Risingsong”, sumergiendo a la multitud en un viaje sonoro oscuro y elegante, lleno de luces, sombras y mensajes contundentes que resonaban en las pantallas. Fue el final perfecto para un día de contrastes: un aterrizaje forzoso en la realidad, guiado por la elegancia sombría de los indiscutibles maestros del trip-hop.

Produce: Fauna.

Agradecimientos a: Agencia Collage.

Fotos por: @garygophoto y Mia.