Una escena cesante

Yo mientras tanto atestiguaba todo pensando en que quizás su necesidad era mucha y nuestras frías respuestas lo acaloraban, lo incomodaban y al mismo tiempo desataban su frustración por no encontrar la manera de conmovernos. Y casi sin darme cuenta, sorpresivamente se metió la mano derecha dentro su boca y con los dedos comenzó a forzar una de sus piezas dentales.

Era mi primer sábado de cesante. Después de 7 años me despidieron, así que, como lo dicta la vieja tradición, compré el diario para buscar pega y leer las noticias relacionadas con la economía y el trabajo.  En mi lectura me encontré con los siguientes datos: en Santiago la cesantía según el centro de información de microdatos de la Universidad de chile llegó a 8,3% en el mes de junio. Alza significativa según los expertos. La mayor concentración se registró en las áreas de construcción con un 9,2% comercio 9,0 % y transporte y otros con un 8,1%. En Chile la tasa de cesantía según el INE entre los trimestres marzo- junio llegó a un 7,7%. Por supuesto las controversias políticas no podían faltar. Por un lado, está la discusión en torno al programa de modernización laboral, que incluye el proyecto de la reducción de la jornada de 40 horas para todos o 41 horas flexible, es decir, un acuerdo entre el trabajador y el empleador.

En paralelo el gobierno también pelea por una nueva reforma tributaria que propone un sistema integrado de tributación para las empresas. Además, el crecimiento económico para este año según estimaciones del Banco Central estará en un rango del 2,75% y 3,5%. Bastante menos de lo que se proyectó a principio de año que era entre un 3,0% y 4,0%. Y la parte más estimulante, fue cuando leí que el promedio de un trabajador cesante es de 4, 5 a 5 meses. Y de esas noticias me estaba nutriendo cuando el timbre de mi casa sonó prolongadamente. Un poco preocupado, me apuré en salir, pues el llamado parecía urgente. Puse mi ojo en la mirilla de la puerta y vi a un hombre de unos cincuenta años. Afeitado y limpio. Abrí y él inició la conversación. —Buenos días, vendo sacos, acá hay un caballero que siempre me salva ¿está? —Mi suegro, pero salió, fue a la feria, y la verdad no sé cuánto demorará— .  El hombre, puso cara de afligido y me ofertó los sacos.

—A luca cada uno ¿no le interesa? — No gracias, no necesito por ahora. Él, no se resignó ante la negativa y derechamente me pidió dinero. —Y tiene alguna moneda, tengo que llevar pal mastique—. Ante la petición, le dije que me esperará unos minutos para ir a buscar plata, pero justo en ese momento venía llegando mi suegro con las compras — Hola, lo saludó mi suegro ¿cómo andamos?

 —Mal mi caballero, oiga ando vendiendo sacos, usted siempre me salva, los tengo a luca — ¿Quiere uno? —. Mi suegro lo miró —No… no… Tengo varios de esos, así que no, gracias— El hombre, comenzó a mover su cuello en diferentes direcciones, se veía estresado, se rascó la cabeza y luego volvió a pedir dinero —Mi caballero ¿Y Tiene algún pesito? lo que pasa es que nadie me compra.

Mientras tanto pensaba en que su necesidad era mucha y nuestras frías respuestas lo acaloraban, lo incomodaban y al mismo tiempo desataban su frustración por no encontrar la manera de conmovernos. Y casi sin darme cuenta, sorpresivamente se metió la mano derecha dentro su boca y con los dedos comenzó a forzar una de sus piezas dentales.

—Perdón, es que tengo un diente suelto—. La escena, nos dejó quietos. Él insistía con su diente, tanto así, que logró sacarlo de un brusco tirón. Se quejó de inmediato y la sangre corrió fluidamente por su boca y su barbilla, sus manos se tiñeron de rojo y también algunos de sus sacos que para mala suerte eran muy blancos. — me convidan agüita—

Corrí inmediatamente a buscar una botella con agua. Volví y le pasé la botella. El hombre hizo unas gárgaras, se enjuagó la boca, las manos, escupió la sangre y botó el diente — Para que coman los ratones—dijo. Mi suegro lo miraba con cara de estuche desinflado. Fue entonces cuando entró a la casa y volvió con efectivo y le compró cinco sacos. El hombre se alegró y lo abrazó. —Bueno mi caballero. Gracias. A usted también joven. Gracias—. Y ahora ¿para dónde va? Le pregunté por necesidad. —Quiénsabedónde. No hay trabajo amigo—. Finalmente nos extendió su mano mojada y se despidió deseándonos muchos parabienes. Su boca aún sangraba.

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