Nueva Constitución y deconstrucción de clases

Las preguntas de cómo se debe o puede reformar este modelo chileno son muchas, pero, lo relevante está en que todas las consignas que se vociferan, se vuelven carne, nombres, apellidos, colegios y universidades, especialmente una. Porque la mayoría de los chilenos sabe de dónde vienen, dónde se construyen y cómo desde siempre han coactado las libertades de unos, para ampliar las de ellos.

El cielo está a fuego. Con poco margen. Arde el polvo —es definitivo— las revueltas de octubre, con las que Chile cambió, no pueden quedar en las soluciones paliativas que ha dado hasta ahora el gobierno de Sebastián Piñera. ¡No! no puede ser que este florecimiento intelectual y emocional que ha gatillado marchas, cabildos, destrucción y un sentido comunitario que emergió desde lo más profundo de las almas de los chilenos, quede solo reducido a propuestas que poco alteran la vida de las personas que más sufren y sienten las tragedias de este sistema económico y político.

Y así es, porque, aunque se argumente que en Chile se ha reducido la pobreza, la desigualdad, y algunos incluso tengan la patudez de culpar a una mayoría que no vota, lo cierto es que, hoy gran parte de la gente se ha expresado en contra, no de las instituciones, ojo, sino de los que han ejercido los cargos y las responsabilidades cuando han tenido el poder. La suma de diversos acontecimientos nefastos de parte de la elite política y económica, evidenció que la cárcel, es solo para pobres y un lugar lejano para aquellos que ostentan la riqueza, o esculpen la endogamia.

Las preguntas de cómo se debe o puede reformar este modelo chileno son muchas, pero, lo relevante está en que todas las consignas que se vociferan, se vuelven carne, nombres, apellidos, colegios y universidades, especialmente una. Porque la mayoría de los chilenos sabe de dónde vienen, dónde se construyen y cómo desde siempre han coactado las libertades de unos, para ampliar las de ellos.

Por lo tanto, esto no se trata solo de un descontento por la desigualdad económica, más Estado o medidas urgentes, que, si bien son necesarias para ayudar a salir del embrollo, no son del todo suficientes, pues, lo que verdaderamente nos puede cambiar como individuos para una nueva sociedad, es la deconstrucción de clase, es decir, un formateo intelectual y espiritual sobre cómo, hasta ahora las personas en este oblongo país, han validado las lógicas hegemónicas discursivas de la elite. Y con esto me refiero a como su lenguaje, ha creado la realidad conceptual de lo que significa pertenecer a un grupo social, étnico, cultural, económico o simplemente urbanístico.

El profesor Renato Cristi, evidencia este discurso preponderante en su libro El Pensamiento Político de Jaime Guzmán. En el texto, explica las razones conceptuales que defendía en la praxis el ideólogo de la UDI. Una de ellas, es que «primariamente está el orden, seguridad, jerarquía, rango social, obligación de clase, tradición, protección» La otra es «la concepción de libertad manifestada en una férrea defensa extrema de la propiedad privada, la libre empresa y el capitalismo». Son entonces básicamente estas definiciones con las que ha comulgado la elite chilena en los últimos treinta años.  

¿Y donde ensayan este discurso hegemónico? esencialmente en sus colegios, es ahí donde continúan con este legado, ideologizando con miradas sesgadas la realidad, y propiciando la endogamia con una idea de mérito que no es tal, porque como diría Bourdieu «los estudiantes que triunfan son los que se sienten en casa en instituciones que los premian por tener un tipo de comportamiento que es natural para ellos». Esta es una de las razones severas de la concentración excesiva de riqueza en unas pocas familias. Hace un par de años atrás el sociólogo de la universidad de Yale, Seth Zimmerman, mostró un estudio en el que un 50% de los cargos más altos de las empresas chilenas lo ocupan ex alumnos de nueve colegios de elite.

¿Cómo entonces deconstruirnos como clase con todos estos ingredientes? Primero, cambiando la constitución. En chile, han existido diez constituciones, todas, todas, hechas de espaldas a los ciudadanos, entonces, se debe aprovechar el momento de intervenir para que tengamos voz y contribuyamos con diferentes miradas para vivir mejor, y así protegernos como seres humanos (es vital también porque hay que mirar las nuevas tecnologías, el acceso al conocimiento, la inteligencia artificial, la diversidad de géneros y un largo etcétera) y comenzar a crear una nueva narrativa como sociedad.

Sin embargo, para llegar a componer una nueva carta fundamental, es necesario que las clases populares se involucren y aprendan a gobernar. Luis Emilio Recabarren lo graficaba con esta cita «la clase popular debe autoeducarse, y desarrollar su inteligencia para administrar recursos propios, comunales, locales, y al aprender administrar dar el salto a la Asamblea constituyente» Esto quiere decir que es responsabilidad de los pobladores asumir un rol activo de participación en las decisiones que les incumben como individuos que son parte de un colectivo comunitario.

Luego, es sustancial, que la nueva educación pública sea altamente responsable del cuidado de la infancia y busque en el sentido estricto un ser humano integral, no podemos insistir tozudamente con un modelo centrado en los resultados cuantitativos, que solo han servido para generar más segregación. La educación, debe ser una herramienta que permita a sus estudiantes poder valorizar y potenciar sus talentos, algo que no ocurre en el actual sistema escolar, ya que, su rigidez y mal entendida competitividad, diseminan las posibilidades de que muchos de ellos puedan alcanzar objetivos pensados en un relato de vida, más que en una mercancía propiamente tal.

Por último, y quizás una de las formas más complejas de deconstruirnos como clase, es la de derribar esa muralla imaginaria, ese limes que hemos creado y que nos impide encontrarnos en espacios públicos y privados, cercenando la posibilidad de conocernos física, intelectual y emocionalmente de manera genuina. Tal vez, llegó el momento de luchar contra ese vórtice que nos ha arrastrado por tanto tiempo y que nos ha expulsado los valores, transformándonos en ese camafeo palurdo, en el que solo somos superficialidad, dolor, dinero, desidia, indolencia e individualismo, esta crisis puede derretir esa figura y engendrar una nueva, mucho más armoniosa y digna que nos represente con otra naturaleza.

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