La graduación del Instituto Nacional

Ha pasado el tiempo, escucho, miro y leo las noticias que muestran las crisis del Instituto Nacional. Trato de entender qué pasó con nuestros héroes. Con la crème de la crème de nuestra clase. Veo el fuego y el aire negro que se respira ahí y como los alcaldes, rectores, padres, alumnos, han intentado domesticar sin éxito a este animal gigantesco, quizá, por no entender su naturaleza, naturaleza que se compone como todo ser vivo de una ley de graduación, es decir cada proceso, crisis, o cambio que se ha vivido, ha afectado la fisiología del Instituto gradualmente, hasta llevarlo a lo que es ahora.

Para nosotros los cabros de Liceos vulgares, los muchachos del instituto Nacional eran nuestros héroes. Ellos nos demostraban que entrar a la universidad era un sueño alcanzable. Se podía. Los admirábamos porque entrar a ese cielo, no era para cualquiera. Había que ser cabezón. Estudiar. Algo que genuinamente no se daba en el perraje, que, más bien iba a sobrevivir al Liceo. Muchos ni siquiera tomábamos desayuno en la casa y llegábamos a la sala de clases con hambre. Luego almorzábamos, pero no soñábamos. Ricardo Lagos dijo una vez que en el año 1993 los niños necesitaban 700 calorías para estudiar, y que fue una de las primeras políticas públicas que implementó como ministro de educación para mejorar los aprendizajes de los estudiantes de escuelas municipales. Yo, no recuerdo esa cantidad de calorías en mi cuerpo ni tampoco las vi reflejada en mis compañeros. En ese contexto, pensar en el futuro era una mentira. Toda nuestra educación era una mentira. Nosotros flotábamos como una pluma en el aire, para donde el viento nos llevara, ese era nuestro destino ¿Cómo no iba hacer lógico entonces admirar a uno de los nuestros? Un vecino, o un amigo que estudiaba en el Nacional, en el Lastarria, en el Aplicaciones y más aún cuando una niña llegaba al Liceo 1. Los famosos emblemáticos eran para una casta superior. Después, ellos nos representaban en las universidades ante los otros. Los privilegiados, los que egresaban de colegios de elite.

Imitando ese modelo y convencidos de que el mérito era la mejor forma de conseguir nuestros propósitos, comenzamos a sacarnos buenas notas. A esforzarnos. A estudiar como ellos para llegar a la meta. Muchos así los hicimos. Lo intentamos. Pero aún así, no pudimos. Recuerdo una conversación que tuve con mi compañero de cuarto medio, el negro Pepe, después de haber visto los resultados de nuestra P.A.A en el diario dominical — me fue mal, no voy estudiar — me dijo el negro — yo tampoco, apenas me alcanza para postular — le contesté, y luego de cavilar un buen rato fumándonos un cigarro, atribulados y hasta con lágrimas en los ojos, llegamos a la conclusión de que fuimos unos flojos en la enseñanza media. Nos sentimos miserables. El fracaso se nos presentaba inalterable en nuestras vidas, estábamos lejos de los alumnos del Nacional. Derretida nuestra esperanza, no quedaba más que buscar pega y llevar dinero a la casa. Rebuscárselas. No habíamos tenido el suficiente mérito. Y así se nos pasaron los años, para muchos de mi generación no hubo más alternativa que trabajar en lo que fuera, en un local de comida rápida, en un supermercado, en la constru, y en fin… crucificados en nuestras oportunidades y determinados a seguir fijos en el lugar que habíamos nacido y a cambiar nada, que era lo peor de todo, porque una de nuestras honestas motivaciones siempre fue la de estudiar para hacer las cosas de manera diferente y ayudar a los nuestros. Pero todo quedó enmudecido.

Hoy, escucho, miro y leo las noticias que muestran las crisis del Instituto Nacional. Trato de entender qué pasó con nuestros héroes. Con la crème de la crème de nuestra clase. Veo el fuego y el aire negro que se respira ahí y como los alcaldes, rectores, padres, alumnos, han intentado domesticar sin éxito a este animal gigantesco, quizá, por no entender su naturaleza, naturaleza que se compone como todo ser vivo de una ley de graduación, es decir cada proceso, crisis, o cambio que se ha vivido, ha afectado la fisiología del Instituto gradualmente, hasta llevarlo a lo que es ahora. Un nuevo ser.  Por ejemplo, para no ir tan lejos, las marchas del 2006 y el 2011 indefectiblemente dejaron alteraciones que no se pueden obviar, pues están diseminadas, transformadas e insertadas en su cuerpo y en su mente.  Ya no basta con mirar el problema, en el presente, porque lo que ocurre hoy en el IN debe mirarse desde el pasado, si se quiere comprender su futuro, y así aceptar su nuevo rol en la sociedad.

Lo que queda en cuestión es la esperanza. Pero para que se produzca debe existir menos endogamia.  El IN es un símbolo de la educación pública, y hoy es más estandarte que nunca, más que todo lo que representa su fundación, los presidentes egresados, los profesores, los premios nacionales. Es como si hubiese fracturado su arquetipo, y su alma y mente nueva quisieran cambiar todo de una buena vez.

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