Depresión, adicción y otras enfermedades: El crack de la salud mental universitaria

Falta de psicólogos, evaluaciones arbitrarias, maltrato de parte de los profesores, la mirada exitista de los padres, autoridades y un presupuesto misérrimo para Salud Mental, son solo algunos de los factores que más inciden en tener hoy a nuestros estudiantes universitarios sumidos en depresiones, adicciones, estresados y con pensamientos suicidas frecuentes, en sus contenidos de pensamiento.  

  «Hueón, no sabes nada, eres un tonto, me haces perder el tiempo» 

Gabriela Mella ex estudiante de derecho de la Universidad de Magallanes cuenta que de un momento a otro comenzó a sentir una desmotivación profunda por estudiar. Dice, que si bien, los motivos son diversos, el presenciar situaciones en donde los profesores trataban de «tontos» a los estudiantes que daban sus exámenes, sumado a la falta de protocolos y el nulo apoyo psicológico, la empujaron apresuradamente a abandonar la carrera al segundo año, diagnosticada con depresión severa y trastornos de ansiedad. 

Las cifras dicen que el presupuesto en Chile para Salud Mental es del 2%. Algo así como 147 millones de pesos según datos entregados por el Programa Nacional de Prevención del Suicidio, a cargo de la subsecretaría de Salud Pública, quien entregó esta información a la revista el sábado en su edición nº 1085. También, en esta publicación se detalló que se han quitado la vida 12.247 hombres y 2.720 mujeres en los periodos desde el 2010 hasta 2017. En el caso de los jóvenes, los números también son preocupantes, ya que, según los datos entregados por estas mismas entidades al semanario en 2017, de un total de 1.878 muertes, el grupo comprendido entre los 20 y 24 años, que es la edad en que se cursa una carrera de educación superior, es el más sacudido con 196 casos. 

Gabriela Mella: Ex estudiante de Derecho de la Universidad de Magallanes

Primer intento

Gabriela era una alumna promedio en la enseñanza básica, siempre fue una muy buena lectora, y rayaba con libros de literatura fantástica como Harry Potter. En la enseñanza media, sus notas tampoco fueron destacadas, pero entró al equipo de debate y obtuvo el premio a la mejor participante dos años consecutivos en la región de Magallanes. Razón por la cual, su familia y amigos la incentivaron a estudiar derecho, carrera que eligió, y a la que ingresó el año 2014 en la Universidad de Magallanes. 

Gabriela relata que entró junto con otros 24 compañeros, sin embargo, al término del primer semestre y por diversos motivos el grupo ya se había reducido a 15. Explica que uno de los motivos de por qué desertaban los estudiantes, era el sistema de evaluación oral que tenían en casi todos los ramos y el trato que los profesores tenían hacia ellos. «Era dictatorial, los profesores nos trataban mal, y si tu denunciabas esas situaciones, la universidad no te respaldaba, por el contrario, insinuaban que no estabas cortado para derecho», dice Gabriela. 

A pesar de las dificultades ella continuó en la carrera, pero al segundo año su salud mental empeoró. Gabriela comenzó a sentir que estudiaba y no aprendía, lo que generó en ella una desmotivación total; ya no quería levantarse en las mañanas para ir a clases, y cuando le preguntaban sus papás como le estaba yendo, ella soslayaba el tema con una mentira que se volvió recurrente: «La universidad está en toma». Además, cuenta que se aprovechó porque ese año, el 2015, al término del primer semestre se tuvo que realizar una cirugía gástrica. 

Segundo intento

Luego de su cirugía volvió en el año 2016 a la universidad con la idea de retomar y sacar adelante su carrera, pero esto no ocurrió, porque nuevamente vivió momentos desagradables con los profesores. A su memoria se viene una escena en la que atestiguó cómo a un estudiante que intentaba defender su examen, un profesor le dijo: «hueon, no sabes nada, eres un tonto, me haces perder el tiempo». Gabriela, declara que la falta de protocolos llegó al extremo, nadie les prestaba apoyo, de hecho, ella arguye que cuando se denunciaban ese tipo de casos, eran generalmente desestimados por la comisión encargada de evaluarlos. Por otra parte, tampoco había psicólogos ni orientadores vocacionales en la facultad, curiosamente la secretaria de la carrera era la persona más cercana.  

Tercer intento… ¿Es el vencido? 

El 2016 definitivamente Gabriela no fue más. Se produce un quiebre en su vida, se fragmenta, ella piensa que ya no puede seguir, sus fuerzas se agotan, y su estado anímico se ve completamente afectado, su pecho se acelera regularmente, no puede dormir y la presión de contarle a sus papás que había fracasado la agobia y la asusta. Intenta sostener el silencio, pero explota intempestivamente y decide verbalizar con sus padres lo que estaba viviendo. En un principio, su mamá intentó calmarla al igual que su papá, «ya se te va a pasar» le repetían, como una especie de antiséptico. Sin embargo, sus malestares, tejido vivo, no se quitaban, es más, se incrementaron, llegó a tener pesadillas casi todas las noches, sufrió de bulimia y aparecieron por primera vez pensamientos suicidas, ahí recién, sus padres tomaron consciencia de la gravedad de lo que estaba viviendo. 

Gabriela asistió al psicólogo y ya en el vórtice de sus crisis, es él, quien dialoga con su madre y le sugiere que debe abandonar la carrera. En la universidad le exigieron los papeles médicos, por lo que concurre a un psiquiatra, quien después de algunas sesiones, le diagnostica trastorno de ansiedad y depresión severa. Lleva los papeles a la universidad y siente que a nadie de las autoridades encargadas le importa su situación, se siente desamparada, pero también sabe que su decisión es la mejor. 

Gabriela acepta que no todos los problemas de salud mental que aparecieron estaban relacionados con sus estudios de derecho, pero al mismo tiempo, reconoce que estudiar una carrera en la que los profesores actuaban de manera arbitraria, con evaluaciones sin criterios establecidos, en donde no había protocolos claros, sumado a la falta de apoyo y de psicólogos de parte de la universidad, fueron factores claves que, sin duda, colaboraron en el deterioro de su salud mental. 

Hoy, sigue en tratamiento. Estudia psicología, ya que se dio cuenta de que le interesa mucho entender el por qué se generan enfermedades como la depresión. Explica que eso la ha mantenido motivada, y que ha aprendido estudiando, que su enfermedad es como el vecino que hace ruido. Siempre va a estar ahí. 

Medicina

Leonor Villacura es directora de la unidad de psicología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, y trabaja hace 20 años investigando el impacto que tiene estudiar carreras del área de la salud con la calidad de vida y la salud mental de los estudiantes.  En sus estudios, y como psicóloga ha podido comprobar en la facultad, como los estudiantes de medicina van sufriendo una transformación significativa a medida que avanzan en la carrera. En un principio tienen cierta sensibilidad, pero como son personas con tendencia a adaptarse a las normas, con el paso del tiempo, cuando ya los ves en el internado, son personas completamente distintas a las que tu recibiste. Se produce una transformación dolorosa, porque hay una total represión afectiva, que pasa por un estrés sostenido crónico, que termina fundiéndolos y despierta en ellos una despersonalización en el trato con sus pacientes.

Drogas, alcohol y automedicación

Leonor explica que medicina tiene una carga académica insospechada y mal diseñada, con ramos añejos, que respetan una tradición innecesaria. Dice, que estudiar medicina son prácticamente dos jornadas completas, lo que implica de inmediato una alteración importante en sus vidas, ellos duermen mal, y deben mantenerse en vigilia constantemente, lo que provoca que se auto mediquen. Ese es el primer paso, luego pasan a sustancias más peligrosas como la Cocaína. 

De igual manera, el alcohol está presente. La psicóloga recuerda algunos testimonios en grupos focales en donde le tocó intervenir: «si a nosotros nos revientan de lunes a viernes, nosotros nos reventamos sábado y domingo» es una de las declaraciones que recuerda. 

El geriatra Víctor Cares, exestudiante de medicina de la Universidad de Chile y que conoció a Leonor en la facultad, reafirma lo que dice la profesional. «En la carrera se da mucho que los estudiantes se auto mediquen y consuman drogas, la alta exigencia provoca un estrés constante”. Víctor al mismo tiempo rememora su situación: «Yo viví los 7 años estresado, todos los días de esos 7 años yo viví estresado. Perdí muchas cosas importantes». El cree que vale la pena estudiar medicina, pero que hay muchas cosas que se pueden ajustar para que los futuros médicos, tengan una mejor calidad de vida. Por ejemplo, piensa que debe haber más psicólogos en la universidad y ramos que ayuden a promover herramientas sociales. 

Pensamientos suicidas

Otra de las complejidades que se vive también es la idea de suicidio. Leonor puntualiza: «tenemos estudiantes que en un orden de un 30% supera el corte, o sea, no es algo poco presente, es algo que está presente, algunos de ellos han hecho intentos previos y eso aún es más grave porque va multiplicando la posibilidad de que se haga efectivo, otros, solamente tienen pensamientos suicidas y otros tiene ideación suicida, activa o pasiva, es decir, está en sus contenidos de pensamiento. Esto tiene que ver con el poco reconocimiento del valor que tienen de sí mismos y también el poco reconocimiento de lo que está causando ese estado, están muy desapegados del afecto», profundizó. 

Un nuevo sistema de aprendizaje 

En esa misma dirección, Leonor es una convencida de que por mucho que medicina sea una profesión de alto estrés, se puede contribuir a que los doctores tengan mejor salud mental. Para eso, primero las cúpulas jerárquicas deben comprender la relevancia de un cambio en el sistema educativo, en donde el aprendizaje debe estar centrado en el desarrollo humano. La psicóloga piensa que no hay una introspección a preguntarse; ¿Qué contenidos son los que se necesitan? y ¿De qué forma deben trabajarse?

Sobre la responsabilidad que tienen los profesores sobre los estudiantes, la profesional dice que: «Es más, uno de los pilares de la carrera, como son los profesores, no hacen esa reflexión, porque son de otra generación y tiene normalizado ese tipo violencia, porque es violencia» afirma. «Ellos tienen una actitud de sospecha, que si tú no exiges al máximo, el otro no va aprender, me genera ruido que todavía los profesores ignoren la presencia de la tecnología, ignoren que los estudiantes aprenden mucho más colaborativamente, ignoren que el cúmulo excesivo de información no se puede retener, pero si su uso específico para resolver problemas en función del pensamiento crítico». 

«Me ha tocado escuchar en conversaciones con autoridades y docentes que no confían en que ellos tengan, por ejemplo, información a mano para utilizar en una evaluación, porque requieren que se aprendan ciertos contenidos de memoria, y yo he hecho el ejercicio de preguntarle tres días después la materia, y no se acuerdan de nada. A eso agrégale que muchos de esos contenidos se repiten en diferentes asignaturas». 

Finalmente, Leonor reflexiona sobre los cambios que le gustaría ver en las carreras de medicina y en las carreras universitarias en general. «Para mí, lo primero, es cambiar el sistema educativo hacia un sistema mucho más dirigido a la humanidad, desde que ingresa el sujeto al sistema escolar hasta la educación superior, que permita en el fondo un desarrollo humano. Lo segundo, sería generar un espacio de acción, desde los estudiantes, en la construcción de un nuevo modelo de enseñanza y aprendizaje. Necesitamos entendernos para saber que modificaciones realizar, necesitamos un estudiante opinante y capaz de tomar decisiones y que sea tratado con esa dignidad en lo que ha elegido estudiar», cerró.  

Estudiantes en rehabilitación

En la fundación Senderos, institución que trabaja con jóvenes con problemas de salud mental, la trabajadora social y jefa de servicios, Julie Labbé, fundamenta que las redes de apoyo son exiguas para este tipo de problemáticas, y que en general el Estado no se hace cargo. Cuenta que el perfil de «participantes» en su mayoría, son estudiantes de universidades privadas que han abandonado sus carreras, porque vienen con una alta fragilidad debido al estrés provocado por la alta exigencia, la competitividad y el éxito basado en aspectos materiales. 

Julie precisa que en la fundación se han enfocado en ayudar desde una mirada integral y grupal, promoviendo en los jóvenes talleres de teatro, de cocina y de arte, con el valor agregado de que siempre se apoyan entre compañeros, ya que, para el tratamiento es importantísimo el sentido colectivo. De esta forma, se evita el ingreso de participantes descompensados para no perjudicar al grupo, que es el pilar de la terapia. 

Durante su estadía en la fundación los jóvenes van aceptando de a poco su condición y son ellos lo que a medida que pasa el tiempo van evaluando cuanto tiempo deben estar. La institución les delega la sabiduría para ir cimentando objetivos personales y así ir evaluando cuando es el momento de egresar. Julie manifiesta, que esa dinámica, tiene que ver con entregar herramientas, para que cada joven se junte con otro igual y mantenga una relación de respeto y mente abierta para ir encontrándose consigo mismo, pues, la mayoría llega con una carga familiar importante, una mochila, en donde el éxito es el mayor indicador de felicidad, pero ese éxito, es esencialmente material, y los padres lo explicitan con discursos como por ejemplo: Ser mejor que otro, tener más poder e influencia que otro, y así… Por el contrario, el ocio, el tiempo libre, hacer lo que te gusta, no entran en esa definición. 

Respecto a las políticas públicas, la profesional cree que lo primero es hablar del tema y reconocerlo, para levantar cifras fidedignas y así darnos cuenta de lo que está pasando con la sociedad y nuestros jóvenes, para poder proponer soluciones diferentes que apunten a nuevos estándares de calidad de vida y de prioridades. Ella siente que es trascendental que en los colegios y universidades existan asignaturas como Yoga, Mindfulness, y fortalecer la Educación física, pero no desde la perspectiva competitiva, sino en cómo ayudar a los estudiantes a sentirse plenos, bien consigo mismos, porque si dominas tu mente, dominas tu cuerpo. Por eso también, señala que la educación emocional debería estar incluida siempre en cualquier sistema educativo. 

No hay Salud Mental sin Justicia Social 

Es diciembre. La crisis social aún sigue y Alberto Larraín ha aprovechado el auge de los Cabildos ciudadanos para organizar un Cabildo en la Universidad de Santiago de Chile bajo el lema «No hay Salud Mental, sin Justicia Social». El psiquiatra con un Magíster en Bioética, y alumno del Doctorado de Salud Pública de la Universidad de Chile, ha sido uno de los especialistas más majaderos y con más compromiso en la problemática de Salud Mental que afecta a los chilenos.  Desde hace un tiempo que viene trabajando en terreno en comunidades como Tierra Amarilla, Lota, Til Til y Monte Patria. Además, en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, coordinó el Plan nacional de alzhéimer y el nuevo modelo de atención de Salud Mental para niños y niñas del SENAME.  

Esperamos a Alberto a que presente en el Aula Magna a la ex ministra de salud Helia Molina, y a que termine su discurso de bienvenida. Al bajar del estrado, nos acercamos a él y le pedimos unos minutos para conversar. 

Alberto accede gentilmente… 

¿Qué tan relevante es que mejore el apoyo psicológico y psiquiátrico en las universidades? 

Este año ha habido 7 tomas en donde la principal causa, era la necesidad de una mejor Salud Mental en las universidades. Los jóvenes saben que es un periodo mucho más abierto que el colegio, porque en la universidad ellos deben construirse y poder entenderse, por lo tanto, aparecen más preguntas y se vuelven más susceptibles. Por otra parte, muchos ya vienen con un daño acumulado, con un daño importante, entonces es el momento de hacer crisis. Por eso, es relevante que las universidades para poder acompañar a sus alumnos, para poder sacarlos adelante y así formar seres humanos integrales, logren establecer como prioridad la comprensión de que los estudiantes traen una biografía. 

¿Las universidades buscan estandarizar la educación de sus estudiantes? 

Sí, con las universidades tenemos el problema de que también está la lógica neoliberal dentro de ella y eso genera una modalidad de producción de papersy de tesis, pero desde el conocimiento por conocimiento, es decir, la universidad no es útil para las comunidades. Los estudiantes no sirven a sus comunidades, porque están preocupados de la producción académica, y eso les quita a las universidades la utilidad para las que nacieron, que se supone, es el desarrollo del progreso humano.

En abril, cuando los estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile protestaron por el exceso de trabajos en los ramos de taller, la falta de criterio de parte de algunos profesores y los malos tratos en las evaluaciones de las maquetas, el exrector Luis Riveros, dijo «estos niños no tienen noción del sacrificio que debe envolver el lograr algo como un título de la U. de Chile. ¿La causa? Les han enseñado todo acerca de sus derechos, pero nada sobre sus deberes».

¿Qué te parece a ti esa aseveración?

El ex rector Rivero, representa muy bien una generación que institucionalizó el maltrato, y que ese maltrato lo valida, como una condición de orgullo, diciendo yo trabajo 24/7, estoy disponible todo el tiempo, no importa las condiciones laborales, yo permito que me exploten. Esa concepción es la que ha hecho que el planeta esté en una crisis de medio ambiente, esa mirada es la que ha generado las inequidades brutales y que tengamos un estallido social, de gente que siente que no ha sido acogida en sus subjetividades. En sus dolores. 

Desde tu subjetividad y experiencia… ¿Que tanta responsabilidad hay desde la falta de la Salud Mental en la crisis que estamos viviendo?

Yo diría que la crisis social que nos afecta es indisociable de la crisis de Salud Mental. Son la misma crisis, por eso en el fondo la gente toma el eslogan de un nuevo pacto, y ese pacto implica en cómo me ven de otra forma, en cómo me tratan de otra manera, en cómo nos relacionamos de una manera más humanizante. Por eso han aparecido carteles en las marchas como «yo tenía ganas de morir hasta antes de estas marchas» o «creyeron que sacando a los militares iban a atemorizar a la generación que más ganas ha tenido de morir» o «pensaron que iban a callar con fluoxetina lo que el capitalismo nos estaba generando». Entonces, esa separación y esa existencia de ese sistema intrincado, tiene que ver con que la Salud Mental básicamente es el bienestar que yo tengo para poder desarrollar el máximo potencial de mi vida y hacer una contribución a mi comunidad, y ese es el bienestar que ahora los chilenos no tienen, porque están sobre endeudados, están empobrecidos, con un sistema de inequidad territorial enorme. Por eso, es que esta crisis es la crisis de los dolores, y si bien todo comenzó con los dolores económicos, de lo que estamos hablando ahora, es de los dolores del alma.

En Chile el presupuesto para Salud Mental es del 2%. ¿Cuánto te gustaría que fuera realmente para que tuviera un efecto en la población?

Yo creo que nosotros debiésemos alcanzar al menos el 5%. Eso significa duplicarlo, pero también hay que invertir en educar. Por ejemplo, los papás no saben cómo retar a sus hijos, eso podría eventualmente ser quizás más importante que una gran terapia. Para mí el tema de la Salud Mental no es solo gastar más, sino donde invertimos, ocupar otros espacios, otras miradas, otros aportes. De hecho, hoy estaba dando una clase sobre «Patrimonio y Salud Mental» en la facultad de arquitectura de la Usach y ellos me decían: ¿Tiene que ver la Salud Mental y el Patrimonio?  Como no, les dije yo, si hablamos de identidad, de puesta en valor, de reparación… ¿Por qué no va a tener que ver? ¿Cómo puede ser que todo lo sigamos viendo desde miradas segregadas? ¿Cómo puede ser que sigamos fragmentando todo? El gran esfuerzo de la Salud Mental es lograr hoy la comunión de los distintos sectores. 

Por último, Alberto agrega… 

«800 mil personas en Chile tienen problemas por drogas y alcohol y no logramos como estado ni siquiera tener 30 mil cupos. El alcohol y las drogas son usados por los chilenos, y sobre todo por lo jóvenes, como fármacos. Los sistemas escolares en Chile han hecho la vista gorda, en este país se piensa que las personas que presentan problemas de salud mental los pueden superar por sí mismos, pero no es así».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sé parte de nuestra comunidad